Octubre, un mes pasado por agua, se calentaría en el estadio de béisbol Hermes Barros Cabas el domingo 24 por la tarde con el grito de “play ball”. Los batazos de cuatro esquinas, las grandes atrapadas y las joyas monticulares, por fin estaban a un paso de distancia de todos los bogotanos. El frío y los aguaceros podrían pasar a un segundo plano con la llegada de la pelota caliente a Bogotá, ya que por primera vez en la historia de este deporte en el país, La Liga Profesional de Béisbol tenía la fortuna de dar el grito de “play ball” en la capital.
Cachacos, costeños, paisas, vallunos, panameños y cubanos se dieron cita en la Unidad Deportiva el Salitre, para ver por primera vez a las Águilas de Bogotá enfrentando a los Tigres de Cartagena. En medio de música caribeña y el olor a chicharrón y arepa de huevo, actividades como el trabajo, el estudio y otros deportes muy seguidos en la capital como el futbol, el automovilismo, el golf y el baloncesto, quedaron por cuatro horas en olvido: sólo importaba el batazo de larga distancia que pusiera en ventaja a un equipo, o el strike oportuno para extinguir una posible amenaza de carrera.
Las vuvuzelas y los gritos eran las formas de apoyo que los espectadores les brindaban a estos dos equipos. Los recogebolas se recorrían todo el estadio y sus alrededores buscando pelotas. El ambiente era perfecto para un partido de béisbol. Entonces un manto gris que venía de Monserrate empezó a cubrir la Unidad Deportiva, las gotas caían y la algarabía se fue apagando poco a poco. Pero esa llovizna nunca logró apagar la llama que se vivía en el terreno de juego, batazos iban y venían, grandes atrapadas evitaban que grandes líneas lograran su objetivo. A pesar del silencio que alcanzó a existir por el miedo a que el agua enfriara la pelota, los peloteros siguieron jugando como si estuvieran en verano, bajo una temperatura de 35 grados.
El poder de la pelota caliente hizo que la lluvia despareciera en la séptima entrada, la felicidad regresaba lentamente a las graderías, el juego se encontraba en su último tercio y todo parecía volver a la normalidad. De la llovizna sólo quedaba el recuerdo de las gotas kamikazes que yacían en el suelo reventadas, los olores característicos retornaban lentamente y el ánimo de las personas tomaba un segundo aire para continuar alentando.Las tribunas VIP se encontraban llenas después de la llovizna que tapó al Hermes Barros Cabas. Surgió un distractor para todos los aficionados: aparecía un ojeador o scout de la Major League Baseball (MLB). Él se encontraba en las tribunas anotando los números del partido y midiendo la velocidad de los pitcheos. Los aficionados en su mayoría, quedaban mudos al observar como se levantaba la pistola de velocidad, muchos incluso se levantaban del puesto para observar el número que le iba aparecer al scout en dicha pistola.
El calor del juego seguía y fue así hasta que la primera base de la Águilas, cometió tres pifias que le costaron tres carreras a su equipo. De las graderías se escuchaba toda clase de reclamos en contra del jugador, los hinchas bogotanos dejaban ver su disgusto, ya que el juego se había abierto mucho y las Águilas perdían en la apertura de la temporada por falta de bateo oportuno y por falta de jugar la pelota pequeña, cosa que los Tigres sí hicieron.
Bogotá logró calentarse gracias a la pelota caliente. Por primera vez se logró que en la capital hinchas de dos equipos contendientes se hicieran en la misma tribuna sin necesidad de policías como separador y por primera vez olores que sólo se sienten en la costa norte se priorizaran en un evento deportivo. El béisbol en Bogotá reunió muchos rolos que no sabían del tema, muchos costeños que añoraban ver un partido de pelota desde hace varios años y personas de diferentes partes del Caribe que acompañaban a sus familiares en el terreno de juego. Aunque es su primer año en la capital, la pelota caliente seguirá calentando el invierno permanente en el que vive la ciudad.
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